La frase

La felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante. (Antonio Gala)

domingo, 29 de marzo de 2009

A Sandra


Hace poco que nos conocemos
y escasos momentos compartido,
aún así las dos creemos
que un vínculo especial ha nacido.

Nos sobran las palabras para saber
lo que de la otra podemos esperar,
ya el corazón habla y dice ser
el encargado de interpretar.

Que te tengo y me tienes, lo sabemos,
y también que lo que tenemos vino
por trabajar por quienes más queremos,
nuestros hijos, rayo de luz divino.

Deseo día a día avivar esta amistad.
Por favor, que el tiempo no la olvide,
que ya es parte de mi felicidad.

Esta es la verdad
que quiero gritar
aquí y ahora, para quien la quiera escuchar,
y que quizá envidiarán años de amistad.

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Alguien me dijo abiertamente
que estoy en extinción,
por decir públicamente
lo que siente mi corazón.


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martes, 24 de marzo de 2009

De ti depende

Unos obreros estaban picando piedras frente a un enorme edificio en construcción. Se acercó un visitante a uno de los obreros y le preguntó:
-¿Qué están haciendo ustedes aquí?
El obrero lo miró con dureza y le respondió:
-¿Acaso usted está ciego para no ver lo que hacemos? Aquí, picando piedras como esclavos por un sueldo miserable y sin el menor reconocimiento. Vea usted ese mismo cartel. Allá ponen los nombres de ingenieros y arquitectos, pero no ponen los nuestros que somos los que trabajamos duro y noa dejamos en la obra el pellejo.
El visitante se acercó entonces a otro obrero y le preguntó lo mismo.
-Aquí, como usted bien puede ver, picando piedras para levantar este enorme edificio.
El trabajo es duro y está mal pagado, pero los tiempos son difíciles, no hay mucho trabajo y algo hay que hacer para llevar la comida a los hijos.
Se acercó el visitante a un tercer obrero y una vez más le preguntó lo que estaba haciendo.
El hombre le contestó con gran entusiasmo:
-Estamos levantando un Hospital, el más hermoso del mundo. Las generaciones futuras lo admirarán impresionados y escucharán el entrar y salir constante de las ambulancias, anunciando el auxilio de Dios para los hombres. Yo no lo veré terminado, pero quiero ser parte de esta extraordinaria aventura.

(Anónimo)

El mismo trabajo,
el mismo sueldo,
la misma falta de reconocimiento;
una misma realidad.
Tres maneras distintas de vivirla:
como esclavitud;
como resignación;
como pasión, aventura y desafío.

¡De ti depende!

lunes, 16 de marzo de 2009

Una vez soñé...

Abrí la puerta y allí estabas. La cara cubierta de mugre y harapos cubrían tu cuerpo menudo. Pedías limosna para comer y te di un bocadillo. También te regalé un amuleto que a mí en alguna ocasión me había traído suerte. Cerré la puerta y seguí con mis quehaceres.

A medio día empezó a llover como hacía tiempo no se veía en la ciudad y, asomada a la ventana observando a la gente que corría por la plaza buscando refugio, me acordé de ti, muchacha de cara mugrienta que llamaste a mi puerta esa mañana. -¿Dónde estarás?- Sentí la necesidad de salir a buscarte, así que me puse el chubasquero cogí las llaves y salí a la calle.

En el portal, miré a un lado y a otro de la plaza. Los relámpagos que continuamente se dibujaban en el cielo iluminaban la calle, seguidos por unos truenos ensordecedores que parecían resquebrajar el cielo de norte a sur.

Recorrí la calle Mayor en dirección al parque buscándote en los soportales. No hallaba señales de ti y empecé a inquietarme. -¿Dónde estarás?- Pregunté a varios transeúntes que ni siquiera aflojaron el paso. Su prioridad era escapar de la tormenta. ¿Pero quién pensaba en ti? Nadie se sintió atraído como yo por ti muchacha, y por tu desgracia.

La tormenta seguía castigando, implacable.

Acostumbraba a subir aquellas interminables escaleras cada día cuando me dirigía a la oficina y, como en un ritual, los contaba uno a uno, hasta encontrarme sumergida en una especie de trance donde mis pequeños y más desordenados pensamientos hallaban su lugar. Pero hoy no tenía tiempo para eso.

Levanté la vista y, en lo alto de la escalinata, recostado sobre la pared que lindaba con el parque, vi un cuerpo inmóvil. Comencé a subir tan deprisa como pude mientras la lluvia me empapaba. Una angustia sobrecogedora me inundaba, ¿sería aquella mi muchacha?, y aunque no lo fuera, ¿quién se merece una vida tan desdichada?

Por fin, coroné las escaleras y, con el corazón en un puño por el agotamiento y por la incertidumbre, me acerqué prudentemente. Echa un ovillo, yacías bajo la cruel tormenta que, sin piedad, descargaba toda su furia sobre ti, sobre nosotras. Arropándote entre mis brazos aparté tus cabellos largos y negros de tu cara, y asomó tu rostro infantil. Me apresuré a abrazarte para compartir el calor de mi cuerpo y ofrecerte el consuelo y el cariño del que carecías en esos momentos, y que quizá en tu corta vida no habías conocido.

Nada en el mundo me importaba más que tú en ese momento. Desfallecida y calada hasta el alma, fijaste tu mirada en la mía, me cogiste una mano con las tuyas temblorosas, y sonriéndome susurraste con voz entrecortada: –El amuleto te ha traído hasta mí-. Un nudo en la garganta me impidió hablar mientras mi corazón gritaba: ¡cuánto se puede llegar a sentir!
Tú muchacha, ya formabas parte de mi vida, un capítulo que jamás podría olvidar.

Cogí delicadamente entre mis brazos tu cuerpecito mojado, menudo y frágil y lo estreché aún más fuerte contra el mío con un firme y cálido abrazo. Tú, lo noté, te acurrucaste en mí. Cuchillos afilados se clavaron en mi corazón. ¡Cuánto puede llegar a doler!

Corrí por el parque en dirección al hospital. Un cúmulo de sentimientos se agolpaban en mi cabeza y en mi corazón. Remordimiento se escribió con mayúsculas. -Esta mañana hice lo que tenía que hacer-, me decía, pero...
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Mientras mi ser de impotencia y de rabia se llenaba... el tuyo se apagaba.
La lluvia cesaba poco a poco. La tierra olía a mojado y a desesperanza.
Ya no llovía... Ya no corría... Ya no sentía tu abrazo agradecido...

Me senté en un banco y observé tu cuerpo marchito. En tu mano, entre tus deditos cerrados en un puño, asomaba el amuleto.
Todavía el desconsuelo se pasea por mi corazón.

lunes, 9 de marzo de 2009

¿Y qué, si soy una "somiatruites"?

Hay quien dirá o pensará que soy una “somiatruites” que, en catalán, se refiere a una persona soñadora, que se ilusiona facilmente con cosas imposibles o extrañas. Algunos lo suelen decir en forma algo despectiva a aquellos que, según ellos, tienen pájaros en la cabeza y viven en las nubes, y yo, aunque con los pies en el suelo, un poco sí lo soy, ¿y qué? ¿Tengo que vivir amargada lamentándome de lo dura, injusta y cruel que puede llegar a ser la vida? Pues, no me da la gana!! Ya sé la realidad del mundo en que vivimos..., soy consciente de ello, ¿qué hay de malo en que sueñe con un mundo mejor?


Opino que podemos cambiar el mundo, pasito a pasito, y comenzando por nuestro entorno, sirviéndonos, por ejemplo, de la compasión como vehículo para comprender, y por qué no, conseguir objetivos sin violencia, con tolerancia y respeto.

Considero que el control de nuestro tiempo es una pieza importante en el puzzle de la felicidad y, que junto a una actitud positiva nos hace ver la vida más bella.
Os aseguro que los buenos sentimientos nos hace mejores personas, y he podido comprobar que un abrazo vale más que mil palabras.

Creo necesario creer en todo ello para vivir con esperanza...

Sé que es difícil..., sé que siempre no todo está en nuestras manos, sé que muchas veces nos sentimos condicionados..., pero prefiero ser una “somiatruites” que cerrar mi corazón y las puertas a la libertad.

lunes, 2 de marzo de 2009

La ciega

Había un ciega sentada en la calle, con una taza y un pedazo de cartón, escrito con tinta negra, que decía: "Por favor, ayúdenme, soy ciega".

Un creativo de publicidad que pasaba frente a ella, se detuvo y observó unas pocas monedas en la taza. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio la vuelta, tomó un marcador negro que él llevaba y escribió otro anuncio.

Volvió a poner el pedazo de cartón sobre los pies de la ciega y se fue.

Por la tarde el creativo volvió a pasar frente la ciega que pedía limosna; su taza estaba llena de billetes y monedas. La ciega reconoció sus pasos y le preguntó si había sido él, el que reescribió su cartel y sobre todo, qué había escrito. El publicista le contestó: "Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras".

Sonrió y siguió su camino.

El nuevo mensaje decía :
"Hoy es primavera y no puedo verla".