La frase

La felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante. (Antonio Gala)
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lunes, 6 de julio de 2009

Un puñado de esperanzas

¿Quién ha dicho que no podemos cambiar el mundo?
Quizá suene utópico, pero debemos empezar por "nuestro mundo", lo que nos rodea. Ya vendrá la repercusión...

Yo, por ejemplo, lo hago en el ámbito de la educación, desde el estamento que es la Asociación de Madres y Padres de Alumnos de los colegios de mis hijos. Creo que es básica para adquirir el resto de valores.

Lo primero es creertelo, a parte de contar con una actitud voluntariosa. Y lo segundo, dentro de tus aptitudes, conocimientos y sobretodo de tu tiempo, plantear objetivos.

No me voy a explayar, de momento, en lo que ha sido y está siendo mi experiencia...

Ese es mi granito de arena, mi aportación a la sociedad para contribuir a conseguir un mundo mejor y que ojalá tenga repercusión para las futuras generaciones. Yo mantengo la esperanza de que SI ;)

¿Me cuentas cuál es el tuyo?

. :H

lunes, 16 de marzo de 2009

Una vez soñé...

Abrí la puerta y allí estabas. La cara cubierta de mugre y harapos cubrían tu cuerpo menudo. Pedías limosna para comer y te di un bocadillo. También te regalé un amuleto que a mí en alguna ocasión me había traído suerte. Cerré la puerta y seguí con mis quehaceres.

A medio día empezó a llover como hacía tiempo no se veía en la ciudad y, asomada a la ventana observando a la gente que corría por la plaza buscando refugio, me acordé de ti, muchacha de cara mugrienta que llamaste a mi puerta esa mañana. -¿Dónde estarás?- Sentí la necesidad de salir a buscarte, así que me puse el chubasquero cogí las llaves y salí a la calle.

En el portal, miré a un lado y a otro de la plaza. Los relámpagos que continuamente se dibujaban en el cielo iluminaban la calle, seguidos por unos truenos ensordecedores que parecían resquebrajar el cielo de norte a sur.

Recorrí la calle Mayor en dirección al parque buscándote en los soportales. No hallaba señales de ti y empecé a inquietarme. -¿Dónde estarás?- Pregunté a varios transeúntes que ni siquiera aflojaron el paso. Su prioridad era escapar de la tormenta. ¿Pero quién pensaba en ti? Nadie se sintió atraído como yo por ti muchacha, y por tu desgracia.

La tormenta seguía castigando, implacable.

Acostumbraba a subir aquellas interminables escaleras cada día cuando me dirigía a la oficina y, como en un ritual, los contaba uno a uno, hasta encontrarme sumergida en una especie de trance donde mis pequeños y más desordenados pensamientos hallaban su lugar. Pero hoy no tenía tiempo para eso.

Levanté la vista y, en lo alto de la escalinata, recostado sobre la pared que lindaba con el parque, vi un cuerpo inmóvil. Comencé a subir tan deprisa como pude mientras la lluvia me empapaba. Una angustia sobrecogedora me inundaba, ¿sería aquella mi muchacha?, y aunque no lo fuera, ¿quién se merece una vida tan desdichada?

Por fin, coroné las escaleras y, con el corazón en un puño por el agotamiento y por la incertidumbre, me acerqué prudentemente. Echa un ovillo, yacías bajo la cruel tormenta que, sin piedad, descargaba toda su furia sobre ti, sobre nosotras. Arropándote entre mis brazos aparté tus cabellos largos y negros de tu cara, y asomó tu rostro infantil. Me apresuré a abrazarte para compartir el calor de mi cuerpo y ofrecerte el consuelo y el cariño del que carecías en esos momentos, y que quizá en tu corta vida no habías conocido.

Nada en el mundo me importaba más que tú en ese momento. Desfallecida y calada hasta el alma, fijaste tu mirada en la mía, me cogiste una mano con las tuyas temblorosas, y sonriéndome susurraste con voz entrecortada: –El amuleto te ha traído hasta mí-. Un nudo en la garganta me impidió hablar mientras mi corazón gritaba: ¡cuánto se puede llegar a sentir!
Tú muchacha, ya formabas parte de mi vida, un capítulo que jamás podría olvidar.

Cogí delicadamente entre mis brazos tu cuerpecito mojado, menudo y frágil y lo estreché aún más fuerte contra el mío con un firme y cálido abrazo. Tú, lo noté, te acurrucaste en mí. Cuchillos afilados se clavaron en mi corazón. ¡Cuánto puede llegar a doler!

Corrí por el parque en dirección al hospital. Un cúmulo de sentimientos se agolpaban en mi cabeza y en mi corazón. Remordimiento se escribió con mayúsculas. -Esta mañana hice lo que tenía que hacer-, me decía, pero...
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Mientras mi ser de impotencia y de rabia se llenaba... el tuyo se apagaba.
La lluvia cesaba poco a poco. La tierra olía a mojado y a desesperanza.
Ya no llovía... Ya no corría... Ya no sentía tu abrazo agradecido...

Me senté en un banco y observé tu cuerpo marchito. En tu mano, entre tus deditos cerrados en un puño, asomaba el amuleto.
Todavía el desconsuelo se pasea por mi corazón.

lunes, 2 de marzo de 2009

La ciega

Había un ciega sentada en la calle, con una taza y un pedazo de cartón, escrito con tinta negra, que decía: "Por favor, ayúdenme, soy ciega".

Un creativo de publicidad que pasaba frente a ella, se detuvo y observó unas pocas monedas en la taza. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio la vuelta, tomó un marcador negro que él llevaba y escribió otro anuncio.

Volvió a poner el pedazo de cartón sobre los pies de la ciega y se fue.

Por la tarde el creativo volvió a pasar frente la ciega que pedía limosna; su taza estaba llena de billetes y monedas. La ciega reconoció sus pasos y le preguntó si había sido él, el que reescribió su cartel y sobre todo, qué había escrito. El publicista le contestó: "Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras".

Sonrió y siguió su camino.

El nuevo mensaje decía :
"Hoy es primavera y no puedo verla".

lunes, 12 de enero de 2009

Fiel a los sentimientos.

" ...imagínate qué pasaría si cada uno viviera como es. Exactamente fiel a como es...
Yo creo que pasaría lo siguiente:
Los que son una mierda, seguirían siéndolo y el cambio no aportaría nada. Pero los que actúan como mierda, sólo porque viven esforzándose por mejorar, esos, se volverían gentes muy agradables... y como si esto fuera poco, los bondadosos de corazón, dejarían de cuestionarse y tendrían mucho tiempo libre para hacer las cosas bien.
—Pero al final es lo mismo.
—No, no lo es. La sociedad en que vivimos cree que hay que educar la solidaridad, yo creo que hay que dejarla salir.
—¿Qué tal educar para dejarla salir?
—Quizás pudiera ser útil, pero sin forzar a nadie a ser solidario. Eso es empujar al río para que fluya... y no me cuadra.
—Pero entonces existen mejores y peores personas, existen el egoísmo y la solidaridad, existen el bien y el mal.

—Es probable, pero prefiero pensar que existen alturas de vuelo. Prefiero pensar que andamos por el mundo caminando y caminando. Que hay algunas pocas personas que vuelan, como los maestros; que hay algunas, menos aún, que vuelan muy alto, como los sabios, y que hay también, qué pena, quienes se arrastran. Son los que ni siquiera tienen altura para levantar su cabeza del suelo; son los que tú y yo llamamos malos tipos.
Incluso admitiendo que no todos tienen alas, yo creo que cada uno puede aceptar su camino; o tratar de crecer para ganar altura.
Pero la locura existe y hay algunos que, en lugar de alzar vuelo, dedican su esfuerzo a trepar para parecer más altos; y quienes, aunque suene increíble viven enterrándose más y más abajo buscando no sé qué respuestas. "
Jorge Bucay


Leyendo esto, ¿no os sentis identificados?

¿Escondemos nuestros sentimientos detrás de actitudes que no se corresponden? ¿Vivimos de acuerdo con lo que nos dicta el corazón, o nos importa demasiado el qué dirán? ¿Tendríamos que ser más egoístas, me refiero a pensar primero y más en nosotros mismos, para ser más felices?

Por otro lado, es cierto que la solidaridad hay que dejarla salir, no se puede forzar, pero para que eso sea así, primero hay que educarse en ella, siendo niños, no sólo por los padres, sino por todos los adultos que con ellos nos relacionamos y convivimos. De todos es la responsabilidad.

Tenemos que sentirla en el corazón como un sentimiento más, sí, y nuestra obligación es educar a nuestros pequeños para que también en ellos sea algo natural y el ciclo de la vida hará todo lo demás.

El mundo está enfermo y mucha culpa la tiene la falta de solidaridad.
Vive y deja vivir. Y de paso, se solidario.

viernes, 2 de enero de 2009

Nochevieja

Una más como las demás. Besos. Cena. Juegos. Cava. Risas... buenos momentos sin duda.

Pero lo que me hizo sentir algo especial esa noche fueron dos cosas. Una, es una pregunta que me hizo mi sobrinito de 3 años:

-Tita.
-¿Qué, cariño?
-¿Tú estás contenta de que yo esté aquí?
Poniéndome de cuclillas enfrente suyo y con el tono más dulce le contesté.
-Claro que sí cariño. No solo de que estés tú, sino de que estemos todos juntos.
Y me volvió a sonreir.

La segunda fue cuando comenzamos a tomar las uvas. Me propuse dedicar cada una de ellas, y este fue el resultado:

La 1ª a mi familia.
La 2ª a mis padres y hermanos.
La 3ª a dos personas que pasan por un momento de salud difícil.
La 4ª a los papis del cole, con los que trabajo para que nuestros niños tengan la mejor escuela.
La 5ª a la paz.
La 6ª a la solidaridad.
La 7ª a los que ya no están con nosotros. (Esta ya se me atragantaba un poco....)
La 8ª a los "sin techo" (Os pedí que vosotros también lo hiciérais. Yo lo cumplí).
La 9ª a los foreros de LaBlogoteca.
La 8ª a los amigos blogeros.

Durante las siguientes ya no fui capaz de seguir, se me venía la emoción encima.

Estos dos momentos son los que me hicieron emocionar esa noche, y se suman a Aquellas pequeñas cosas que me dan la felicidad.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Esta noche no será feliz para todos.

En casa solemos zapear a la hora de las noticias por los distintos canales.

Hoy, refiriéndose a esta noche, se hablaba de restaurantes con menus de 200€ y más, ¡el cual incluye oro en polvo! increíble e innecesario derroche ¿no os parece? Y de hoteles en los que cuesta pasar esta noche... hasta mi mente se ha bloqueado... yo qué sé.... una burrada.

Para los "sin techo" esta noche será una más de sus vidas. Con suerte tendrán alguna sobra que llevarse a la boca, y dormirán una vez más en un cajero o en un banco del que han hecho su hogar.

Pero siempre hay quien se apiada, como aquel hostelero que esta noche invitará a 90 inmigrantes (y porque no caben más) a cenar en su restaurante. ¡¡Un diez para él!!

En esta la última noche del año, quiero pediros algo:

Con la última, o con la primera uva, tened un recuerdo para los que no tienen un hogar, para los sin techo, que además están SOLOS.

Feliz 2009 para todos y todas.